Lucien van der Walt, 2016, “Más allá del “capital monopolista blanco”: ¿Quién es dueño de Sudáfrica?”

Traducción: Enrique García, 09/10/2016, from here

l debate sobre el “capital monopolista blanco” tiene algunos puntos ciegos ya que omite el papel del Estado en la propiedad y control de los medios de producción. El estado también controla los medios de coerción y administración, escribe Lucien van der Walt. Sudáfrica es hoy una ciénaga de horrible desigualdad, tensiones raciales y conflictos de clase. A pesar de las conquistas reales en derechos y bienestar básicos, y la abolición de las leyes del apartheid, su transición sigue siendo limitada y frustrante después de 20 años. La Sudáfrica de Nelson Mandela es mucho mejor que la de PW Botha, pero no es un paraíso; y el legado del pasado sigue estando en todas partes presente.

Para muchos en los sindicatos, la izquierda marxista, socialdemócrata o nacionalista, la culpa recae principalmente en el “capital monopolista blanco”, es decir, las grandes empresas privadas de la época del apartheid y la segregación que siguen siendo centrales. Son consideradas como el principal obstáculo para un cambio radical, y se cree que el principal fracaso del Congreso Nacional Africano (ANC), que ha dirigido el estado post- apartheid ha sido su incapacidad de enfrentarse al ‘capital monopolista blanco’. El objetivo estratégico clave es, en consecuencia, cambiar el estado, para intervenir mejor, ya sea a través de impuestos más altos, o un “estado desarrollista”, más capitalistas negros, alguna nacionalización, etc . Esto es realmente lo que está en el corazón de los llamamientos a una “segunda transición” (por sectores del ANC y el Congreso de Sindicatos de Sudáfrica (COSATU)), o el “socialismo” (por sectores de la Unión Nacional de Trabajadores Metalúrgicos de Sudáfrica (NUMSA), el Frente Unido (UF) y los Combatientes por la Libertad Económica (EFF).

Pero este análisis y estrategia, argumento, hace caso omiso de los grandes cambios operados en la economía política asociada a la transición de 1990 – en particular, la desnacionalización de la economía con un enorme crecimiento de la propiedad extranjera y una creciente burguesía negra empresarial privada – y también se basa en un muy débil análisis del aparato del estado – tanto en términos de su carácter de clase como de su poder económico. Las afirmaciones del tipo que los negros tienen el poder político, pero no el poder económico, o que las empresas privadas blancos tienen un dominio absoluto sobre la economía, sacan de escena a la élite económica y política negra, borrándola de las consideraciones estratégicas.

Junto a grandes empresas privadas – no todas las cuales encajan en la etiqueta de  ‘capital monopolista blanco’- hay otra fuerza económica masiva, el aparato estatal, que es el mayor empleador, propietario, generador de ingresos, y que es se mida como se mida, el ‘capital monopolista’ dominante en la electricidad, ferrocarriles, carreteras, silvicultura, televisión, sectores de la banca, la educación superior y otros sectores.

Sudáfrica, defiendo, es controlada por una sola clase dominante, dividida en dos sectores: una élite (en gran parte blanca) en el sector privado, y otra élite (en gran parte negra) en el estado. Están unidas a un nivel estructural profundo, a través de intereses comunes e interdependencia,

y a un nivel más coyuntural, mediante programas y alianzas neoliberales en vigor, entre los que hay que destacar el Growth Employment and Redistribution Strategy (Gear) (1996 ) o el hecho de que casi todos los ministro del gabinete son accionistas de una o más empresas. No se mantienen unidos por la corrupción de unas pocas personas, o por programas dudosos, ni por la falta de liderazgo del estado, ni siquiera por el ANC, todos los cuales pueden ser cambiados.

El estado puede ser utilizado contra los capitalistas privados de la misma manera que un ladrillo en una pared no puede oponerse a otro: el capitalismo y el estado no pueden perder su carácter de explotación y dominación ni una pared puede convertirse en un avión. Los esfuerzos por hacerse desde dentro con el estado pueden, a lo sumo, conducir a que unas pocas personas, principalmente los líderes del partido, se unan a la clase dominante, nada más. La tarea estratégica debe ser entonces construir un movimiento fuera y contra las empresas privadas y el estado en general, teniendo como actor a la clase trabajadora en un sentido amplio (incluidos los desempleados), que es a la vez víctima y potencial destructora del sistema.

La élite negra, ya sea en el estado o en el sector privado, es una parte activa de este sistema, y su beneficiario – no un conjunto de caras negras cooptadas, ni una “pequeña burguesía”, ni una capa “compradora”, sino un importante sector de la clase dominante, por derecho propio, con su propia agenda. No puede ser un aliado confiable de la clase obrera, en parte porque [p.39] todos sus intereses de clase privados descansan sobre el sometimiento permanente de la clase obrera, en parte porque OMICS forma parte de un pacto de las élites para la dominación de clase con el capital privado, y en parte porque su propia agenda – supervivencia y expansión- entra en conflicto con los intereses de la clase trabajadora.

Cambios en la estructura del capital

La importancia que otorgan la izquierda y los sindicatos al “capital monopolista blanco” tiene el mérito de revelar continuidades con el pasado y parte del problema actual, pero deja de lado los cambios masivos ocurridos en el sector privado, incluyendo las desnacionalizaciones y el programa de Empoderamiento Económico Negro (BEE) e ignora el tamaño y el poder del sector público estatal.

Y, desde luego, es cierto que “capital monopolista blanco” ha jugado un papel central, tanto en el pasado como en el presente. En 1987, más del 83,1% de todas las acciones en la Bolsa de Valores de Johannesburgo (JSE) eran propiedad de cuatro empresas gigantes, con Anglo-American (a pesar del nombre, una empresa sudafricana dueña de un 60,1%, seguida de Sanlam con el 10,7%, argumenta COSATU. Con la transición de la década de 1990, a las “cuatro grandes” se les perdonó cualquier tipo de sanciones, quedaron exentas en gran parte de aparecer ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), y se beneficiaron enormemente de las políticas económicas post-apartheid y de los contratos estatales (por ejemplo, las construcciones la Copa Mundial de Futbol de 2010).

En todos los sector de la economía privada, el patrón de unas pocas empresas gigantes, persiste: un efecto es persistente fijación de precios por los carteles, denunciada en sectores que van desde el cemento al pan por la Comisión de Competencia del país en los últimos años. Estas grandes empresas privadas – arraigadas principalmente en el período anterior a 1994, cuya propiedad y control históricamente ha sido blanco, con una cultura empresarial marcada por la época del apartheid, pueden todavía correctamente calificarse de “capital monopolista blanco”.

Varios acontecimientos, sin embargo, complican el cuadro. El primero es que en la década de 1990 el “capital monopolista blanco” se especializó, es decir, se centró en una industria. Por ejemplo, Anglo vendió muchas de sus participaciones en el sector bancario y comercial, concentrándose en la minería. También se globalizaron agresivamente. Por ejemplo, Anglo trasladó su principal centro de cotización bursátil de Johannesburgo a la Bolsa de Londres en 1999. Su mayor proyecto actual está Brasil, no en Sudáfrica.

Desnacionalización

El segundo es que la economía de Sudáfrica ha sido progresivamente “desnacionalizada” en la década de 1990. Las “cuatro grandes” que dominaban la JSE eran todas compañías con sede en Sudáfrica, aunque propiedad de sudafricanos blancos. El inicio de las políticas neoliberales a finales del apartheid bajo el Partido Nacional (PN) (desde 1979) y la aceleración del neoliberalismo bajo el ANC (de 1993) cambiaron el panorama.

Los fuertes controles de capital anteriormente hacían casi imposible que las empresas sudafricanas pudieran trasladar la mayor parte de sus activos fuera del país a pesar de la turbulencia política y el declive económico, escribe David Kaplan. Ello forzó al “capital monopolista blanco” a convertirse en conglomerados gigantes dentro del país. A pesar de las limitadas exportaciones de capitales – Anglo tenía más inversiones en los EE.UU. que Unilever, según una estimación, señala Duncan Innes – los estrictos controles de capital obligaron a Anglo a evolucionar de ser una compañía minera a tener participaciones masivas en agricultura, la industria manufacturera, el comercio minorista y los medios de comunicación. La estructura de monopolio existente en la minería (y la industria estatal) fue sistemáticamente ampliada.

Fue la liberalización de capitales y el fin de otros controles por parte del ANC lo que permitió a Anglo a reubicar su cotización principal a Londres en la década de 1990. Unas regulaciones más flexibles fueron parte de los crecientes esfuerzos para posicionar a Sudáfrica como un atractivo ‘mercado emergente’, y los crecientes flujos globales de inversión extranjera llevaron a nuevos cambios en la JSE. El Partido Nacional había introducido las medidas neoliberales en la década de 1980, principalmente a través de la austeridad, la venta de las grandes empresas estatales como Iscor y Sasol, y reformas fiscales.

El ANC las continuó, pero también liberalizó la economía en una escala no vista desde la década de 1920. Se hizo más atractivo invertir – a veces, algunos dirían, principalmente buscando beneficios y especulando a corto plazo – pero también se hizo más fácil: en particular, a partir de 2004, las empresas extranjeras pudieron cotizar directamente en la JSE.

Un efecto importante es que mientras las empresas sudafricanas controlaban el 83,1% en 1987, en 2012, los inversores extranjeros llevaron a cabo el 37% de todas las transacciones bursátiles, y el 43% de las referentes a acciones de empresas industriales, en la JSE, escribe Gillian Jones. Aunque esta propiedad “extranjera” incluye un capital de origen local “deslocalizado”, es decir, capital sudafricano que vuelve a entrar a través de canales exteriores, el cambio es significativo.

Así, mientras que 10 empresas controlan el 50% del capital de la JSE, una parte sustancial de esta propiedad no es el tradicional “capital monopolista blanco”, sino que también incluye empresas deslocalizadas semi sudafricanas, empresas con base en Sudáfrica y otras empresas extranjeras, según argumenta Roger Southall.

El empoderamiento negro y el capitalismo de estado

Un tercer cambio es que, a pesar de las vacilaciones de las corporaciones privadas (blancas)  sobre el BEE, alrededor de una cuarta parte de los consejos de las empresa cotizadas en la JSE están en manos de personas de color ( ‘negros’ según la legislación sudafricana) según M. Sibanyoni en City Press, y la proporción de altos directivos negros en el sector privado es del 32,5% (2008), agrega Southall.

Los consejos dan un control real de los medios de producción, así como la “propiedad” económica, es decir, la capacidad de tomar decisiones clave sobre su uso, incluso si los directores no son ellos mismos los accionistas mayoritarios. Teniendo en cuenta que del 37% al 43% de las acciones de la JSE no son propiedad de sudafricanos, blancos o negros, no es del todo evidente cuanto de este control ‘negro’ es en empresas sudafricanas, aunque una proporción sustancial debe serlo, ya que los inversores extranjeros están exentos de las condiciones del BEE para la propiedad de valores y políticas de  acción afirmativa [p.40].

Por último, el Estado es el elefante en la cacharrería económica. Las imágenes estándar de la economía post-apartheid reflejan parcialmente la realidad: los negros tienen el poder político (o, más exactamente, una élite negro tiene el poder del Estado), y los blancos tienen el poder económico (o, más exactamente, una élite blanca tiene el poder empresarial privado). Crudamente, refleja una verdad simple: la élite política (principalmente negra), centra su poder sobre todo en la propiedad y el control de los medios públicos (por ejemplo, la burocracia estatal) y coacciona (por ejemplo, la policía) a través del estado, se alía a la  élite económica (principalmente blanca), que centra su poder sobre todo en la propiedad y el control de los medios de producción (por ejemplo, las minas), a través de empresas privadas. Estos dos sectores comprenden, en conjunto, la clase dominante de Sudáfrica.

Pero esta división básica no debe ocultar el profundo poder económico del aparato estatal. La distinción entre los dos pilares de la clase dominante – una, la elite política / administradores del Estado / medios de coacción y administración; y la otra, la élite económica / corporaciones / medios privados de coacción y administración – es real, pero no absoluta. La élite política (principalmente negra) de los administradores del Estado tiene el control directo de importantes medios de producción de las empresas públicas, como por ejemplo el monopolio energético Eskom (véase más adelante); y la élite económica (principalmente blanca) de las grandes empresas tiene, a través de las empresas privadas, el control directo de importantes medios de administración y coacción, por ejemplo a través de sistemas de gestión y seguridad de las empresas.

El capital del estado

Para concretizar: un enfoque que haha hincapié en la elite del sector privado (principalmente blanca) obvia no sólo la élite negra en el sector privado, sino también la poderosa y rica elite negra en el sector estatal, que controla alrededor del 30% de la economía a través del estado, incluyendo los bancos estatales (por ejemplo, el IDC), las corporaciones estatales (por ejemplo, Eskom, South African Airways (SAA)), instalaciones de infraestructura estatales (por ejemplo, la red de agua y puertos), los medios de comunicación (por ejemplo, South African Broadcasting Corporation (SABC)), una industria armamentística de nivel mundial (por ejemplo, Denel), la investigación de gama alta (por ejemplo, las universidades); más el 25% de toda la tierra (incluyendo el 55% en las provincias de Gauteng y el Cabo Occidental), por lo que es el mayor propietario de tierras en el país; así como la dirección de un ejército una policía africanizados, y la burocracia estatal, por lo que es el mayor empleador del país; a través del sistema de impuestos, recibe más ingresos de Sudáfrica que cualquier otra institución que opere en el territorio, escribe M. Mohamed.

Algunas de estas empresas funcionan con fines de lucro (en particular, Eskom y SAA), aunque con éxito desigual, haciéndolas casi totalmente indistinguibles de cualquier “capital monopolista blanco”, más allá del hecho de que su administración es probablemente más negra. La propiedad privada de las empresas, como se ha señalado anteriormente, tiene una larga y triste historia en Sudáfrica: esto incluye un historial de corrupción, y de prácticas monopólicas. Sin embargo, también es incorrecto considerar como preferibles las empresas del estado, dados sus problemas de clientelismo, despilfarro, corrupción, la falta de mantenimiento y de inversión tanto en los periodos del Partido Nacional como del ANC.

Tomar el estado en serio

Nada de esto es explicado por el concepto “capital monopolista blanco”, que por lo tanto ignora al mayor empresario y propietario de tierras del país, que es el “capital monopolista” dominante en una serie de sectores. También ignora las formas en que el propio Estado actúa como mecanismo de acumulación, ya sea de forma ilícita (por ejemplo, la “corrupción”), legalmente (por ejemplo, los parlamentarios ganan R85.000 mensual (5.400 euros) junto con numerosos beneficios), o de manera informal (por ejemplo, tener “acceso” a los contratos dados al sector privado). Esto es independientemente del papel del Estado a la hora de promover las condiciones para la acumulación, tanto a nivel general (por ejemplo, estabilidad política) como para categorías específicas (por ejemplo, capital afrikaner bajo el PN, y el capital BEE bajo el ANC).

En contextos como el de Sudáfrica, esta función del Estado como mecanismo de acumulación tiene excepcional importancia para la élite negra ascendente, que sigue siendo en muchos aspectos bastante marginal en un sector privado bloqueado por las grandes empresas. Es menos frecuente el caso de multimillonarios que ganen elecciones, y luego regresen a sus empresas al acabar su mandato, que el de políticos que se convierten en multimillonarios tras ganar las elecciones.

La elite estatal (principalmente negra) no es una simple capa ‘compradora’, sino un poderoso sector de la clase dominante, con su propia agenda, de supervivencia y expansión. Esto implica el uso de la fuerza del Estado para forzar la apertura de las puertas de las salas de juntas del sector privado, donde los capitalistas negros siguen siendo una minoría, a través de programas como el BEE; pero también la acumulación a través del aparato estatal.

En ambos sentidos, el sector negro de la clase dominante tiene efectos reales e independientes sobre la economía política, que van desde los problemas causados por las administraciones municipales corruptas, ineficaces, a los desafíos de la acción afirmativa para su ‘empoderamiento’, desde las oportunidades de trabajar con los capitalistas y los políticos negros para conseguir contratos estatales lucrativos, generando amargas batallas por el control de los ministerios estatales y el faccionalismo y las disfunciones administrativas en el estado.

¿Nacionalización?

Las raíces del faccionalismo sin fin del ANC, así como en los ministerios y la empresas públicas, dentro de los partidos rivales, tiene sus raíces en las nacionalizaciones: los principales cargos públicos son limitados, la competencia para ser nombrado extremadamente feroz. En la medida en que surgen nuevas facciones, cada una intenta reservarse el control de los recursos, lo que lleva a las purgas de las facciones rivales y a escisiones (por ejemplo, la expulsión de Zuma por Mbeki, la expulsión de Julius Malema por Zuma), y que las elecciones se conviertan en un medio de hacerse con las arcas del estado. El ANC, como he dicho en otro lugar, es un ‘partido burgués-burocrático nacionalista negro’, que representa principalmente los intereses de los capitalistas negros emergentes y la élite estatal (en su mayoría negra). Y es un medio clave para acceder a los recursos del estado por parte de una élite afortunada.

Los defensores de las nacionalizaciones deben reflexionar sobre el desorden existente. En el ejercicio 2013/14, los ejecutivos de Correos de Sudáfrica no cumplieron  con los objetivos planificadas, malgastaron R2.100 millones en licitaciones, y fueron dando tumbos de crisis en crisis; mientras que los trabajadores de las oficina de correos convocaron una serie de huelgas masivas en 2013 y 2014. Se puso de manifiesto que los altos directivos – que se excusas en su pobre presupuesto cuando se enfrentan a las reivindicaciones de los trabajadores de salarios más altos y mejores condiciones de trabajo – se concedieron a sí mismos un aumento salarial del 26%, escriben Sikonathi Mantshantsha y Karl Gernetzky en Business Day. La idea de que las nacionalizaciones son, cualquiera que sea su tipo o forma, socialistas, es un completo error: su único significado es la transferencia de recursos entre los sectores privados y públicos de la clase dominante, no a favor de la clase obrera; la propiedad estatal no es propiedad de la clase trabajadora.

Repensar las clases

Por debajo de esta punto ciego sobre el estado están los hábitos de pensamiento tanto marxistas como liberales, en el sentido de que conciben “la economía” como algo exterior al estado, y a considerar las «clases», básicamente, como capas sociales en la esfera de la “economía”. Sin embargo, incluso en el mundo neoliberal de hoy, los estados siguen siendo grandes actores económicos, y las desigualdades en riqueza y poder – el origen de las clases – están relacionadas tanto con los niveles superiores del estado (incluidas las empresas estatales), como con los niveles superiores de las empresas.

Es más razonable, por tanto, utilizar un modelo de clase anarquista / sindicalista, en el que la clase dominante no comprende sólo a los que personalmente y legalmente poseen importantes medios de producción, sino también a aquellos que tienen el control económico efectivo de esos medios, incluidos los jefes de las empresas estatales. Además, hay que incluir en la clase dominante también a aquellos que tienen la propiedad o el control efectivo sobre los medios de administración o la coacción, lo que significa, sobre todo, a aquellos que controlan el estado. Dado el carácter jerárquico del estado, “quienes controlan el estado son aquellos en los niveles superiores del Estado: la capa que controla las empresas estatales, los ministerios, las instituciones públicas, los gobiernos locales, y la seguridad, una capa que incluye a parlamentarios, ministros y directores de empresas públicas, a alcaldes y responsables municipales, a vicerrectores y rectores, a los jueces superiores y los jefes de policía.

Para resumir, los capitalistas del sector privado son parte de la clase dominante, pero sólo una parte, y coexisten en equilibrio con la élite estatal, que tiene sus propios recursos y su propia agenda y, por tanto, su propia agencia y su propia responsabilidad. Simplificando, la clase dominante está compuesta de capitalistas y administradores del Estado.

Implicaciones estratégicas

Este punto ciego del estado es reforzado por una cierta ingenuidad en cuanto al carácter de clase del Estado. Como indicaba al comienzo, muchos sudafricanos – yo diría, la mayoría – creen que el Estado es un espacio vacío de poder, es decir, con un asiento del conductor vacío en la parte superior: con el conductor adecuado (partido, individuo) y un mapa de carreteras (política, programa), se puede ir a cualquier parte. De ahí el fetiche de que los partidos, las elecciones, dirigentes mejores o peores pueden ser la solución. Pero el Estado está rodeado por el abrazo de hierro del capital, ya que, al igual que el capital necesita al estado, el estado necesita capital. Además, ese estado es mucho más que los bustos parlantes del parlamento y el gabinete de ministros, a pesar de la cobertura obsesiva de los medios de comunicación, y sus capas superiores son parte inherente de la clase dominante y, por último, el Estado es al mismo tiempo lugar de acumulación y el promotor de la acumulación.

Es un sistema complejo y arraigado. En su forma actual – el pacto de las élites blancas/negras – representa una época histórica del sistema en Sudáfrica, y no es algo que se puede cambiar con una o dos elecciones. No es una conspiración, basada en redes o manipulaciones ocultas: su dominación y explotación de la clase obrera se apoya en un control público, centralizado y en la propiedad de los medios de la administración, la coerción y la producción. Es decir, en funcionarios, armas y dinero. Por el contrario, la participación en la propiedad directa de los medios de producción por parte de la mayoría de los sudafricanos, independientemente de su raza, es muy pequeña, porque viven a la sombra de gigantes empresas privadas y estatales. Incluso el 13% de las tierras para los africanos negros en los antiguos bantustanes del apartheid es gestionado por el estado como un fideicomiso y controlado por reyes y jefes tribales a sueldo del estado.

Siendo esto así, la idea de que el estado realmente se puede cambiar a través de elecciones – y mucho menos que puede ser utilizado por la clase obrera contra el capital privado, o el “capital monopolista blanco”- es profundamente erróneo. No se puede utilizar a los capitales privados y al estado los unos contra los otros ni a favor de la clase obrera. Reemplazar al ANC por un nuevo partido, o a Jacob Zuma por un nuevo jefe del ANC, no supondría cambios mayores que la sustitución de Thabo Mbeki por Zuma tras la retirada de Mandela.

El estado no puede ser reformado o capturado o confrontado desde dentro: sólo puede ser combatido. Dado que el estado, al igual que el capital privado, opera en un antagonismo estructural con la clase obrera que ayuda a explotar y dominar, debe ser resistido por sus víctimas, desde fuera y contra sus estructuras. Ello exige un movimiento de clase de abajo a arriba, con una lógica diferente y distintos objetivos: un movimiento que sea a la vez anticapitalista, anti-estatista, autogestionado y libertario y, en última instancia, revolucionario. Es hora de dejar de elegir gobernantes en las urnas.

Lucien van der Walt, profesor de sociología en la Universidad de Rhodes, Sudáfrica.

Fuente: http://aidc.org.za/beyond-white-monopoly-capital-owns-south-africa/

 

 
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